El nieto de Sir Isaac Newton

 El nieto de Newton
Autor: Pablo Miranda.



Romualdo Newton Martinez, nieto legítimo del célebre físico y matemático, Sir Isaac Newton Valdez. Relata en algunos fragmentos de sus memorias, publicadas hace ya algunos años, de cómo su abuelo indirectamente, fuera el causante de que la pasión que siempre sintió por el baseball en los maravillosos años de su infancia, fuera cediendo terreno en su preferencia, ante el impetuoso avance de la armonía y belleza, que surge de combinar colores, olores y sabores en un exquisito plato de “Newton’s Calamar con pimientos maduros”. Ingenioso invento patentado por Romualdo y que lo llevaría a la fama, como uno de los mejores Chefs de cocina del mundo.


Todo comenzó una soleada mañana de verano durante uno de sus paseos habituales por el parque.


Recuerdo perfectamente esa mañana, escribe Romualdo en sus memorias. Mi abuelo, mi perro Euclides y yo paseábamos por el florido parque cerca de casa. Bueno, al menos yo me sentía feliz corriendo libre por las praderas, persiguiendo mariposas y tirándole piedras a los lagartos que se asomaban entre las ramas. No puedo asegurar si mi abuelo disfrutaba tanto del paseo, porque cada vez que lo miraba lo notaba impaciente y malhumorado. Quizá se debía a que debíamos detenernos constantemente para que Euclides saciara sus necesidades corporales... necesidades que le surgían cada vez que encontraba un nuevo árbol.

Aquel día, a pesar del aparente mal humor de su abuelo, Romualdo decidió hacer la pregunta que cambiaría su destino:

—Abuelo, ¿sabes cómo se lanza una "screwball"? ¿O una curva? ¿Cualquier lanzamiento de esos que hacen los pitchers en televisión?

Estaba convencido de que dominando esos lanzamientos no solo mejoraría en los partidos dominicales de su escuela, sino que también podría alcanzar a esos malditos lagartos que se creían a salvo detrás de las ramas.

Mi abuelo sabe mucho de todo, pensaba el pequeño Romualdo. Después de todo, es Newton, y ustedes que son grandes deben haber oído hablar de él.


Ante la pregunta, el rostro del abuelo se transformó. Su expresión aburrida se desvaneció, reemplazada por una sonrisa casi compasiva. De inmediato amarró a Euclides —como era su costumbre— a los pies de un frondoso manzano, y invitó a su nieto a sentarse cómodamente bajo la sombrilla portátil que siempre llevaba para protegerse del sol veraniego.

—¿Sabes cómo se lanza una "recta"? —preguntó el abuelo, preparándose para una larga explicación.

—¡Claro! —respondió Romualdo inmediatamente, esperando que fuera directo al grano.

Una sonrisa suspicaz del abuelo anunciaba que esa ingenua pregunta iba a traer problemas.

—Para lanzar una recta —comenzó, extrayendo su block de notas y un lápiz— necesitas conocer algunos datos iniciales: la distancia desde tu posición hasta el bateador, la diferencia de altura entre ambas posiciones y, sobre todo, el peso y dimensiones de la pelota.

Mientras hablaba, adornaba sus palabras con garabatos incomprensibles y fórmulas que Romualdo, años después, aún no lograba entender.

—Solo después podrías calcular con qué velocidad inicial deberías lanzar la pelota para que llegue con suficiente fuerza a la manopla del receptor —continuó—. Pero a este cálculo inicial debes agregarle una primera corrección. Para ello debes considerar tu estatura y la longitud de tu brazo lanzador. Solo así podrás determinar la velocidad angular con que deberás mover tu pequeño brazo, Romualdito, y el ángulo exacto en que debes soltar la pelota para que sea efectivo. Por tanto, si multiplicamos la velocidad por el coseno del ángulo...


A estas alturas, el abuelo era imparable. Seguía explicando conceptos incomprensibles para la frágil inteligencia de un niño de siete años. Sin embargo, algo le hacía ver a Romualdo que la cosa era mucho más difícil de lo que pensaba.

Imaginen, reflexiona en sus memorias, que yo me creía un excelente lanzador de "rectas" y solo pensaba si la tiraba un poco alta o un poco baja en los campeonatos de la escuela. Ahora, según esta explicación, caía en cuenta de que no sabía nada de nada.

El abuelo no paraba de hablar y llenar hojas de su block, alertándolo sobre otros parámetros: la rotación de la pelota generaba una fuerza que causaba variaciones en el desplazamiento rectilíneo original, y esta variación podía ir hacia un lado u otro según el sentido de la rotación.

En medio de la explicación, Romualdo lo interrumpió, entre sorprendido y temeroso:

—Abuelo... ¿hay que hacer todas esas cuentas para aprender a lanzar una screwball?

Sin alterar su tono alegre y entusiasmado, en medio de una risa, el abuelo respondió:

—¡Pues claro! ¿Crees que la pelota va a ser tan inteligente como para hacer esas cosas sola?


Romualdo no lo interrumpió más. Siguió escuchando hasta el final: un poco por respeto, otro poco por admiración, pero también porque ya se le habían quitado las ganas de tirarle piedras a los lagartos. Pensaba en cómo durante todo este tiempo ellos se habrían estado burlando silenciosamente de él y su ignorancia, cuando intentaba alcanzarlos sin saber siquiera cómo calcular el lanzamiento de una recta. ¿Y qué decir de mis amigos de la escuela, que sí son inteligentes y deben saber de esas fórmulas del abuelo?

Su pasión por el baseball murió allí mismo, en aquella veraniega mañana de paseo. Pero esa no fue la única consecuencia.

El episodio abrió un profundo trauma en su psique que lo acompañaría durante años. Apenas comenzaba a sentir el impulso de arrojar un papel al cesto de basura, o lanzar cualquier objeto, cuando el recuerdo de su bochornosa ignorancia lo frenaba en seco. Tenía que ir directamente hasta el lugar de destino y soltar el objeto delicadamente, sin tirarlo.

Se sentía indigno de su encumbrado linaje. Estos traumas lo llevaron a consulta psiquiátrica cuando tenía 22 años y había terminado sus estudios de gastronomía.


Le contó su problema al psiquiatra con lujo de detalles, sin guardarse nada. Sin embargo, entre risas y burlas, el profesional le aseguró que no tenía nada de qué preocuparse y que sus traumas eran infundados.

Romualdo no le creyó a la primera ni a la segunda, sobre todo cuando intentó convencerlo de que todos los seres humanos nacían con dos hemisferios cerebrales: uno izquierdo y uno derecho.

Y ahí me asusté más todavía, recuerda, porque evidentemente a mí me faltaba uno de los dos.

—Nada de eso —le explicó el psiquiatra—. Todos tenemos ambos hemisferios: el izquierdo se ocupa de los detalles, los cálculos, las mediciones precisas; con el derecho apreciamos la armonía, la belleza. Ambos se complementan y trabajan en equipo, excepto cuando hay un accidente traumático y se desarrolla más uno que el otro. Pero en tu caso, Romualdo, tus dos hemisferios están trabajando perfectamente.


¡Increíble! Esa explicación sí la entendió, y fue suficiente para que su hemisferio izquierdo comenzara a recuperarse de su prolongado letargo. Rápidamente sacó un lápiz y papel, al estilo de su abuelo, hizo algunos dibujos y cálculos, y comprendió perfectamente lo que había pasado.

Aquella manzana del famoso accidente de su abuelo —la que según sus palabras le ayudó a comprender el fenómeno de la gravedad— le había caído justo en el lado derecho de la cabeza. Tuvo mucha suerte: solo le destruyó el hemisferio derecho del cerebro, pero pudo seguir vivo y crear toda una teoría científica que lo inmortalizó para las ciencias y la historia de la humanidad.

Lamentablemente, su pobre perro Euclides no tuvo la misma suerte en aquella remota mañana. Su abuelo, sospechosamente, lo había dejado amarrado al mismo árbol de manzanas de la legendaria historia.

Cuando la manzana cae en el centro de la cabeza, no hay hemisferio que quede ileso. 

¡Pobre Euclides!

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sinergia explosiva de alimentos

Relato triste de un desafortunado gladiador